La ciencia del periodismo

Nora Bär, editora de la Sección Ciencia y Salud del diario La Nación, comenta los desafios propios de la cobertura de las noticias médico-científicas.

Qué más quisiera uno que estar rodeado del halo de heroísmo que tiñe, por ejemplo, a los personajes de Buenas noches y buena suerte, la película dirigida por George Clooney que por estos días se proyecta en los cines porteños y muestra cómo dos periodistas de la cadena CBS, Edward Murrow y Fred Friendly, lucharon por las ideas que consideraban correctas literalmente hasta las últimas consecuencias.

Pero ... lamento decepcionarlos: el cotidiano ejercicio de la profesión no resulta tan glamoroso.

La ya clásica frase del periodista británico Michael Kenward lo sintetiza bien: Como escritores de temas científicos -escribió- tenemos que trabajar en tres frentes: persuadir a los editores de que la ciencia merece mayor espacio; persuadir a los científicos de que no somos unos completos idiotas que quieren trivializar y teñir de sensacionalismo lo que ellos hacen en pro de un titular llamativo, y persuadir a nuestros lectores de que la ciencia es al menos tan interesante como la vida sexual de los futbolistas y las estrellas de televisión.

Pero aunque no luchemos contra villanos y malvados, la cobertura de noticias científicas y en particular médicas, presenta desafíos nada desdeñables, que fueron motivo de debate en un reciente número de la revista PloS Medicine.

Los consultados -todos anglohablantes y de amplia experiencia en medios gráficos y TV coincidieron en que, dado que los lectores, oyentes y televidentes pueden tomar importantes decisiones basados en la información que ofrecemos, estos temas exigen un ejercicio especialmente responsable de la profesión.

Algunas de las propuestas:

  • Investigar e informar sobre posibles conflictos de interés entre investigadores y compañías privadas; y entre investigadores, instituciones públicas, grupos de pacientes, voceros, organizaciones profesionales o sin fines de lucro y sus sponsors.
  • Chequear y rechequear las afirmaciones de nuestras fuentes.
  • Verificar si los tratamientos sobre los que se informa son genuinamente novedosos, y mencionar sus efectos adversos y opciones alternativas.
  • Desarrollar algunas capacidades especializadas, como conocimiento y elementos de juicio para evaluar información técnica que permita detectar estudios mal diseñados y no cubrirlos a menos que se enfaticen las fallas.
  • Presentar los resultados de modo que sean significativos. No distorsionar o simplificar los datos.
  • Desterrar términos vagos y sensacionalistas que pueden dañar y confundir, como cura, milagro y revolución.

Ya lo dijo el físico Hubert Reeves: No debemos caer en la infantilización divulgadora de pregonar el triunfalismo científico como si la ciencia tuviera la respuesta de todo. Hacerse adulto es aprender a vivir con la duda y la incertidumbre.


Por Nora Bär

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