Nueva Zelanda, para pensar

Algunos de los cambios que han producido la transformación de un país como Nueva Zelanda. Por Nora Bär.

  AUCKLAND. En Nueva Zelanda nadie espera propina. La advertencia figura en uno de los folletos turísticos que aguardan al visitante y es sólo el comienzo de una larga lista de peculiaridades que no tarda en advertir quien llega a este país de verdes colinas inmerso en las brumas del Pacífico.

Con un desempleo que no supera el 4%, una población que sin excepción paga sus impuestos, funcionarios de carrera en casi el ciento por ciento de los puestos de la administración pública, una de las sociedades más equitativas del mundo y con los más bajos niveles de corrupción, esta nación tiene mucho con qué asombrar.

En 1984 - cuando el ingreso de Gran Bretaña en la Unión Europea la sumió en una crisis que Carl Worker, director de la División América el Ministerio de Asuntos Exteriores y Comercio, ilustra con la elocuente imagen de una liebre paralizada frente a la luz de un faro -, el destino del 50% de sus exportaciones (leche, manteca y lana) era, precisamente, Inglaterra.
Hoy, gracias a una agresiva estrategia de desarrollo científico tecnológico y de impulso decidido a la innovación, sólo un 5% de las exportaciones se dirigen hacia allí.

Empresas surgidas a la sombra de las universidades e institutos de investigación disputan la punta en temas como súperconductividad, nanotecnología, energías alternativas, y biotecnología aplicada al agro y a la producción de medicamentos. Sus productos, clientes y socios están distribuidos en varios continentes.

Anthony Scott, director ejecutivo de la Asociación de Institutos de Investigación, resume la magnitud de la transformación en un sencillo ejemplo: Gracias a la tarea de nuestros investigadores, el cajón de manzanas pasó de ocho a treinta dólares, asegura.

Sin duda, una parte importante de la transformación se debe a un sistema científico de dimensiones reducidas, pero altamente competitivo. Los neozelandeses saben que no pueden descollar en todas las disciplinas, pero lo que hacen lo hacen muy bien.

A qué atribuir este éxito palpable ?. Hay quienes afirman que se debe a la ética protestante. Otros, a que aquí impera una estricta meritocracia.

Y hasta están los que aseguran que es producto de la influencia femenina: están en manos de mujeres la jefatura del Estado, el puesto de primer ministro (por tercer período consecutivo), el de presidente del Congreso y el de director ejecutivo de la compañía más grande del país.

Tal vez sea pura coincidencia, pero una broma muy difundida por estas tierras afirma que en Nueva Zelanda los hombres siempre tienen la última palabra: Sí, querida.

Nora Bär
Ciencia y Salud
Diario La Nación
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